que me hija Vale (12), escribió un nuevo cuento. Era para la escuela debía ser un relato extraño y seguir por eso mismo algunas pautas. Pero como siempre , a mi me encantó!!!!! y lo quiero compartir con ustedes. Tómense un ratito para leerlo, si?
Un secreto con recompensa.

¡Todavía no se me ocurre ninguna historia para la antología! – dijo Leila.
A mí tampoco, ¡Y encima es para el lunes! – se quejó Sara.
Sí, a mí ya me tiene cansada la seño con esto de tener que inventar cuentos extraños.
Bueno, pensemos juntas, a ver si nos sale alguna idea.
Sara y Leila son dos amigas de lo más compinches. Se conocieron en el jardín de infantes, y desde entonces son inseparables y viven un montón de aventuras juntas. Esta vez, la maestra de 4° grado, les había pedido que redactaran un cuento extraño, y así formar una antología y contarles las historias a los alumnos más chiquitos.
En ese fin de semana las chicas habían planeado ir a la playa para inspirarse con la tarea. Ese viernes el lugar estaba desierto y había puesta de sol. Y Sara y Leila caminaban sobre la orilla del mar. Mientras contemplaban los colores del cielo, iban inventando historias, cada una más disparatada que la otra.
¡Ay Sara! ¡Mirá eso! – exclamó de pronto Leila señalando una huellas en la arena.
Esas huellas no eran del todo normales. Eran marcas de las suelas de algún par de zapatos. Como si alguien hubiera pisado algo que le quedó pegado. Algo marrón y con olor dulce. Algo como …
¡¿Chocolate?! – preguntó Sara descolocada mientras examinaba la arena.
Sí, definitivamente era chocolate líquido. ¿Pero de donde había salido?
Sara, ¡Sigamos las huellas! – dijo Leila entusiasmada
Mmm, pero tu mamá nos dijo que no nos alejáramos mucho. A demás ya se está haciendo de noche. No sé. – dudó ella, miedosa, porque todo eso le resultaba bastante extraño.
Pero fijémonos solamente para donde van, y si se alejan mucho nos volvemos.
¿Me lo prometés?
Si amiga, ¡vamos!
Leila consiguió convencer a Sara, y las dos , agarradas de la mano, siguieron las huellas. Caminaron varios minutos en silencio, pero las huellas no parecían terminar.
Leila, volvamos. El sol ya se fue y las huellas siguen. – pidió Sara
Bueno, está bien, pero mañana volvamos.¡Quiero ver hacia donde nos conducen!
Eh… es que…bueno.- respondió Sara por fin, pero no muy conforme.
¡Siii!- exclamó Leila contenta, abrazando a su amiga.
El sábado a la tarde las chicas se encaminaron hacia la playa. No tardaron en encontrar nuevamente las huellas y las siguieron. Pasó media hora, y vieron que las huellas entraban en una cueva escondida entre la maleza y rocas grandes. Entraron. Todo estaba oscuro y una voz, que no pudieron identificar de quién era, dijo:
¿La contraseña?
Antes de que pudieran reaccionar, otra voz contestó:
Águila agridulce.
Pase- volvió a decir la primera voz.
Se abrió una especie de puerta. Ya adentro, como había luz, pudieron distinguir que había un gran cartel de colores que decía: "FÁBRICA DE HUEVOS DE PASCUA". Las chicas se miraron. Dentro, había una máquina gigante para hacer huevitos. Los trabajadores no eran exactamente personas, sino… ¡conejos! Pero no conejos comunes. Éstos hablaban y estaban vestidos como las personas. ¡Hasta con zapatos! Y estaban empapados en chocolate. Al ver a las chicas, todos se escondieron detrás de la máquina. Parecía que ésta había rebalsado y el chocolate había caído sobre ellos.
¡Ay! – gritó Sara entusiasmada. - ¡¡Son los conejitos que fabrican los huevos de pascua!!
¡¡Siiiii, es verdad!!
Las amigas corrieron hacia los conejos y comenzaron a atormentarlos con preguntas. Los "animalitos" se dieron cuenta de que ellas sólo eran dos niñitas y no iban a hacerles nada. Ya cuando todos estaban más tranquilos, llegó el rey de los conejos , el que repartía los huevos, con otro conejo al lado. Les explicó a las chicas que como se habían atrasado con los huevos, habían puesto a funcionar la máquina al máximo, pero esta no aguantó y rebalsó de chocolate. Y que por eso él había salido a buscar a un mecánico para que la arreglara, pero había caminado toda la noche sin suerte, dejando marcas del espeso chocolate en la arena. Pero recién , por fin, había encontrado a alguien. Sara y Leila no podían creer lo que estaban oyendo. ¡Habían visto al conejo que repartía los huevos de pascua!¡Eso era sueño de todo chico!. Pero este era bastante vivo y les propuso que si ellas no decían nada a nadie, para el domingo, el les dejaría muchos más huevitos que a todas las personas.
¡Claro que siii!- aceptaron las dos sin dudarlo.
Ya se hacía de noche y las chicas volvían cansadas, a sus casas. Ese fin de semana habían vivido algo inolvidable, e iban a recibir muchas golosinas. Pero lo malo, era que no se les había ocurrido ningún cuento para el lunes. Sin embargo, las dos tuvieron un 10. ¿Y por qué? ¡Porque contaron su propia experiencia! Claro, que en ningún momento dijeron que lo que habían escrito fuera verdad.
Autora: Valentina S.